CARTA DE MONSEÑOR DON MIKEL GARCIANDÍA GOÑI, OBISPO DE PALENCIA:

Queridas hermanas, paz y bien.

Me cabe el honor, como obispo de Palencia, de acoger este año en la diócesis vuestro encuentro nacional. Y, a través de estas palabras, me gustaría ir “abriendo boca” de cara a que esa asamblea sea toda ella en torno a vuestro Amado Esposo, a nuestro Señor Jesucristo y para el bien de toda la Iglesia.

El lema del encuentro: “Enviadas a ser presencia creando puentes en el mundo”, me recuerda en su primera parte al documento preparatorio del Congreso de Vocaciones.

Se hablaba de un cambio de paradigma en la Iglesia, en el que pasamos de hablar de opción y valores, para centrarnos en la obediencia (escucha) y la santidad. Somos presencia cuando nos vaciamos de nuestros miedos y expectativas y aceptamos ser templo de Dios.

Y la segunda parte del lema del encuentro, coincide con nuestro empeño para el curso pastoral que estamos culminando.

En un mundo fragmentado y hostil, somos invitados a una cultura de la hospitalidad, del encuentro que casi siempre pasa por que los cristianos pasemos a la otra orilla de la mano de Jesús.

Cuando son tan recientes los ecos de la visita del papa León XIV a España, su encíclica ‘Magnifica humanitas’ puede ser fuente de inspiración para el Ordo Virginum.

En efecto, ¿cómo no ha de vibrar en nuestro corazón su anhelo de construir la civilización del amor? En el número 210 leemos lo siguiente: “No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva. Y creemos en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece (cf. Mc 4,26-32). Mientras el ruido de la confusión nos rodea, el bien crece silenciosamente desde la tierra. Con las palabras del profeta: «Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no os dais cuenta?» (Is 43,19)”.

Auguro unas jornadas luminosas y profundamente inspiradoras en las que seguiremos tejiendo la urdimbre de nuestra Iglesia con el mundo.

Junto con tonos líricos e íntimos, el Papa nos invita a la épica, a cantar la hermosura de la lucha en la que la humanidad se ve envuelta.

Ante amenazas ciertas por parte de poderes tan anónimos como oscuros, nos invita a la aventura en la que hemos de luchar por el retorno del Rey, nuestro Esposo y Señor: “Un escritor católico del siglo XX, John Ronald Reuel Tolkien, por boca de uno de los protagonistas de una de sus novelas, describió así nuestra responsabilidad: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».

La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización” (MH 213). Pequeñez y tenacidad requieren grandeza de alma y mucha humildad. La pido para vosotras y para mí.

Cuánto me alegra poder compartir con cada una de vosotras unos días al amparo de san Manuel González y san Rafael Arnáiz.

Que la Bienaventurada Virgen María nos acompañe en estos días y siempre.